
Por: Henry moncrieff
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Llegué a CISOR en 2007. Tenía veinte años y estudiaba Antropología social en la Universidad Central de Venezuela. No sabía entonces que los casi diez años que pasaría allí, como aprendiz y colaborador del padre Alberto Gruson, iban a determinar irreversiblemente mi manera de entender qué significa investigar.
Gruson había llegado a Caracas en 1965, enviado desde Lovaina para dar vida a un centro de estudios sociales al servicio de la Iglesia venezolana. Fundó el CISOR un año después y no se movió de ahí durante más de cinco décadas. Formó a generaciones de investigadores en un país que atravesaría, en el curso de su vida, transformaciones que pocos supieron leer con la lucidez con que él las leyó.
Era, sobre todo, un profesor de profesores: alguien cuya influencia no se mide en la bibliografía que produjo sino en las prácticas de quienes pasamos por su tutela. En un centro poblado de sociólogos, yo era el antropólogo. Creo que fue precisamente por eso que Gruson me enseñó lo que me enseñó: la esperanza como lente socio-antropológico.
Le pregunté una vez qué era exactamente la investigación-acción y por qué lo relacionaba con la esperanza. La respuesta no vino en una sola frase sino en una costumbre: durante meses, los viernes, Gruson nos daba clase a Carlos Santos, a Federico Angarita y a mí. No eran clases en ningún sentido formal (no había programa, no había evaluación, no había título al final) pero eran las clases más exigentes que he recibido. Ahí leímos a Henri Desroche.
Conviene decirlo de una vez, porque el término se presta al malentendido: la esperanza, en el sentido en que Gruson la practicaba y que venía de la Sociologie de l’Espérance, no tiene nada de romántico.
Desroche fue implacable en ese punto. La esperanza puede fracasar si no va a la acción social. Puede vaciarse hasta volverse pura efervescencia sin consecuencia. Puede quedar atrapada y convertirse en solo evasión, en resentimiento, en dominación.
La opresión puede reemplazar a la opresión. Lo que la esperanza tiene de interesante para las ciencias sociales no es su promesa sino su fuerza constituyente: produce colectivamente las ideas que movilizan a las personas más de lo que cualquier ciencia podría movilizarlas, transforma situaciones sin salida en imágenes habitables, sostiene la estrategia intelectual de un mundo distinto. Eso ocurre, y ocurre con independencia de que el investigador lo apruebe y lo llame “esperanza”.
Lo digo así. Escribo estas líneas semanas después de los terremotos del 24 de junio, con La Guaira convertida en zona de desastre y Caracas todavía contando lo que perdió. Gruson no vivió para verlo.
Pero pienso en su esperanza cuando veo a los vecinos de Caraballeda y Los Corales removiendo escombros con sus propias manos, sin maquinaria, sin esperar a que llegara nadie. Exactamente eso es lo que creo que llamaban esperanza Gruson y Desroche: no el consuelo de que las cosas mejorarán, sino la capacidad de un colectivo de actuar más allá de lo que su situación le permitiría. Una fuerza que se constituye en el acto mismo de ejercerse.
Gruson pasó más de medio siglo estudiando un país que iba y venía en sus conflictos políticos, y desarrolló para ello un instrumento propio para seguir viendo más allá de lo inmediato: el CRO, su proyecto de análisis de coyuntura sociopolítica. Durante años me tocó trabajar en él, y solo con el tiempo entendí lo que en realidad estaba haciendo: dialécticas.
Nadie las llamaba así al principio. Lo hacía con Andrés Zambrano, yo recibía la tarea, la ejecutaba, y solo después, cuando ya llevaba meses reconstruyendo tensiones, buscando el reverso de cada posición, mostrando cómo cada fuerza producía la fuerza que la contradecía, caíamos en la cuenta de que lo que hacía tenía un nombre y una tradición.
Cuando se lo dije, Gruson no se sorprendió también la esperanza tiene una dialéctica. Me puso a leer a la Escuela de Frankfurt. Fue así, por la puerta de atrás, que aprendí teoría social crítica: no como corpus de autores sino como una manera de trabajar que ya venía practicando sin saberlo. Ninguna posición se entiende sola. Todo movimiento produce su contrario. Lo que parece estable está sostenido por tensiones que no se ven. Gruson fue sabio, nunca confundió esa manera de mirar con el pesimismo, ni la esperanza con el optimismo. Sabía que la esperanza puede fracasar, puede vaciarse, puede ser capturada. Pero también sabía que allí donde aparece, aparece haciendo algo que ninguna teoría había previsto.
Mirar con esperanza, entonces, no es mirar con benevolencia. Es asumir que quienes habitan una situación tienen una comprensión de esa situación que nosotros no tenemos, que sus imágenes del mundo son productivas y no meramente reactivas, y que la tarea del investigador no consiste en corregir esa comprensión sino en aprender a leerla.
Gruson me enseñó a desconfiar de las descripciones que llegan demasiado limpias, a sospechar de las categorías que explican todo sin encontrar resistencia, a leer los silencios y las sombras como parte de lo que se dice y no como su ausencia. Me enseñó que la investigación empieza cuando uno acepta que no sabe, y que el trabajo de terreno no consiste en confirmar hipótesis sino en dejarse desordenar por lo que aparece.
Gruson insistía en que, si uno mira bien, lo que encuentra siempre excede lo que la teoría estaba dispuesta a admitir. Entendía eso perfectamente. Publicó buena parte de su obra bajo la autoría colectiva del CISOR, lo cual dice más sobre su manera de entender su esperanza por la vida asociativa que cualquier cosa que yo pueda agregar.
Ese lente tiene consecuencias metodológicas concretas que solo comprendí años después, ya en México, cuando comencé a formular lo que hoy llamo los visionados en ciencias sociales: una práctica metodológica-dialógica donde grupos, personas y comunidades sistemáticamente “vistas” (clasificadas, estigmatizadas, archivadas) disputan el sentido de las imágenes que circulan sobre ellos.
Visionar es, en el fondo, mirar con esperanza en el sentido de Gruson: asumir que quien aparece en la imagen sabe algo sobre esa imagen que quien la produjo no sabía, y que ese saber tiene una fuerza constituyente en la sociedad. La pregunta que organiza esa práctica de la investigación-acción es la misma que aprendí los viernes en el CISOR: en qué condiciones “el Otro” deja de ser objeto de nuestra mirada para convertirse en sujeto que decide cómo quiere y defiende “ser visto”.
Así trabajaba con mi colega Fernando Blanco, el mejor etnógrafo de la sociología, en nuestros estudios de Cambalache, tratamos las relaciones sociales que producían y desmontaban la mala imagen de los waraos recolectores de basura.
Gruson murió en Caracas el 8 de julio de 2023, tres días después de cumplir ochenta y siete años, en la ciudad donde eligió quedarse cuando muchos cisorinos se fueron.
Tres años después, esa misma ciudad y esa misma costa están removiendo escombros y sigue la esperanza por dejar una nueva imagen de Venezuela. Este texto es para mis compañeras y compañeros del CISOR, que hoy siguen ahí, en Caracas o Vargas, en medio de un sismo histórico.
Todo mi afecto es suyo. Todos aprendimos de Gruson y todos, sin excepción, salimos de allí mirando el mundo de una manera distinta a como habíamos entrado. Esa manera de mirar es lo que nos dejó, y es también lo que nos une ahora, a la distancia, nuestra manera de ver el mundo.
La esperanza de Gruson no está en una bibliografía sino en las prácticas de quienes aprendimos con él que investigar es un acto de cooperación antes que un procedimiento técnico. Que las personas con quienes trabajamos tienen derecho a decidir qué de ellas merece ser conocido y visto. Y que ver, cuando se hace bien y sin prejuicios, es siempre un acto compartido y social.
Ciudad de México, 12 de julio de 2026.