Ahora que estamos por recibir cientos de mensajes rosa para la celebración del Día Internacional de la Mujer, queremos pensar acerca del modo en que hoy, después de transcurridas centurias de luchas gloriosas por la igualdad entre hombre y mujeres, aún seguimos educando a nuestros niños y niñas con unos paradigmas absolutamente contrapuestos: hoy día aún muchos formamos a los niños con la pretensión que sean audaces, osados, heroicos, valientes, fuertes y a nuestras niñas las formamos para ser discretas, bellas, ordenadas, tranquilas, obedientes, juiciosas, pacientes, recatadas, correctas y perfectas.

Es verdaderamente increíble tomar conciencia que estos modos, que pensábamos de alguna manera extintos, permanecen intactos en nuestro imaginario y lo peor, en nuestro modo de criar a nuestros hijos en pleno siglo veintiuno, a pesar que probablemente estemos muy convencidos que las diferencias entre los paradigmas de nuestros antepasados y los nuestros son abismales.

Las niñas generalmente aprenden desde muy pequeñas la importancia que tiene “ser perfectamente bella” con patrones de esa belleza muy definidos: ser flaca o mejor flaquisima , tener el pelo liso, ser lampiña, ser blanca, con pies y manos alargadas, con nariz perfilada, vestir a la última moda, en fin, los patrones son bastante inequívocos y exigentes, el drama es que frecuentemente las niñas que tienen esos atributos tampoco se sienten que han logrado la ansiada perfección y si tienen el pelo liso lo quieren rulo y si son flacas quieren ser rellenitas, si son blancas quiere ser morenas, en fin, es increíble como pareciera existir un mecanismo perverso que inocula una insatisfacción aprendida en esta materia, nunca hasta adultas se sienten a gusto con lo que van siendo, y suele ocurrir que el repertorio de complejos van mellando cualquier posibilidad de tener confianza en sí mismas, y aunque parezca un asunto superficial, termina siendo decisivo para su propia identidad y la forma en que se afronta la vida.

Los niños aun en estos tiempos, regularmente son educados para no tener miedo, no revelar emociones, no llorar, procurar no sentirse ni mostrarse vulnerables, no vaya a ser cosa que lo insulten con el tan temido mote de “mujersita”; por su parte a las niñas se les enseña a no correr riesgos, estar siempre vigiladas, se les insiste en que requieren ser protegidas, y es muy probable que ese tipo de mensajes generen una sensación de indefensión aprendida, que resulte que ante los problemas ellas deban buscar que alguien más resuelva por ellas;  de algún modo se les persuade que siempre son susceptibles de depender de alguien más.

Necesitamos hacernos cargo de esos resabios sempiternos que pululan entre nosotros y de forma inadvertida se nos cuelan en nuestros modos de ser, actuar y educar, necesitamos criar hijas plantadas sobres sus propios pies, orientadas a la excelencia pero no imponiéndoles el yugo de la perfección, porque la perfección no es la búsqueda de la excelencia, es la búsqueda de lo inalcanzable.

Necesitamos educar a nuestras niñas, tal como a los varones, para que sean valientes, que sepan que es importante correr riesgos calculados, que sepan que tener una identidad propia las hará únicas e irrepetibles, enseñarles que es más grato caminar junto a otros pero no contando con que los otros se hagan cargo de ellas, que las necesitamos firmes, confiadas, con plena conciencia y aceptación de sus fortalezas y debilidades, no titubeantes, temerosas, en procura de aprobación,… ese es el referente de mujer venezolana que queremos ir moldeando día a día.

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